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  • Lucy Arciniega

Pandemia


El planeta está en alerta. Un virus nos ha sacado del eje de nuestras rutinas, el aislamiento social es imperativo para intentar bajar la ola de muerte que esta marea va dejando.

Las economías están céntrales en la mente de muchos, la incertidumbre de inestabilidad laboral preocupa en demasía. Se intenta sobrevivir, es incómodo, se siente injusto, eterno. Los niños están en casa privados de escuelas y juegos con amigos. Muchos caminamos el sendero a la nevera por centésima vez para ver si algo apetece desde la última visita. Los mensajes de amigos en las redes visten de humor ciertas situaciones de la cuarentena. Se propaga información muchas veces no vetada creando alarmas diarias ante la ya alarmante situación. Tenemos miedo, nos sentimos vulnerables ante un virus con corona. Los viejos teatros de sombras que disfruté de niña hoy son la delicia de mis nietos, creo con las manos imágenes en la pared dejando que la imaginación ruede en sus sonrisas. La antigua receta de vinagre blanco y agua ha sido un excelente ayuda para desinfectar, utilizo después el sumo de cáscaras de naranjas para mitigar el fuerte olor del vinagre, volviendo a lo aprendido, todo sirve. La confinación si bien se siente eterna no lo será, me aferro a las palabras de mi abuelo “ esto también pasará “.

Brillar por dentro cuando se siente oscuridad es imperativo, será la fuerza lo que nos hará este proceso más llevadero. Hoy tuve una charla con una amiga que vive en New York, cada tres minutos alguien está muriendo debido a complicaciones con el virus, los hospitales no se dan abasto, hoy los súper héroes visten máscaras hospitalarias en salas de emergencia. Ésa charla humilló mi estúpida queja de aburrimiento. Un familiar de ella entró al hospital por complicaciones con el virus, nadie puede entrar con el paciente, hay un estricto protocolo al respecto. Recibieron la horrible llamada ella había tenido un derrame cerebral masivo, no había nada por hacer, la tenían que desconectar del respirador. El dolor de ésa y tantas familias de no poder estar ahí para decir adiós, para dar las gracias, para intentar decir un te amo. La orden de desconexión fue dada, la enfermera se quedó ahí sosteniendo la mano de la mujer hasta el final, llorosos familiares sollozaban su dolor en el teléfono mientras le agradecían a esa enfermera el maravilloso gesto de empatía por el dolor a la irreparable pérdida, Ellos aún no saben cuándo podrán tener un funeral, ya que los cuerpos pueden contaminar, el dolor y la incertidumbre se mezclan.

El mundo cambió, para siempre, no hay vuelta atrás, sólo nos queda aprender de esta brutal lección .

Las economías pueden repuntar, podemos crear en este tiempo, tenemos una oportunidad de avanzar humanamente en un sentido global.

Abracemos más a los que tenemos cerca, intentemos acercarnos virtualmente a los que son relevantes en nuestras vidas, esto también pasará.

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